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domingo, 8 de abril de 2012

FIESTA EN PALACIO

El señor conde mira su ojo en el fondo de la copa. Ojo rojo y redondo, rojo ojo y copa ajada. Las cortinas flotan en el desierto salón de baile, blanco sobre blanco y una flor ensangrentada en un jarrón. Amanece un nuevo día, acaso el último. Una silla, abandonada a su suerte, descansa en el centro del salón. Alrededor, en el suelo, en todas partes, como restos de un naufragio, los residuos de la última fiesta: cristales rotos de Bohemia, pañuelos de seda olvidados en la tormenta, colillas apagadas como volcanes consumidos sobre la alfombra, flores pisoteadas, desangradas en pétalos de indefinible color. Sólo queda intacto el perfume de la noche derramado en su copa. La flema en la flama, el vacío interior que todo lo llena.

       El conde bebe y revive piernas leves de bailarina, hipocampos furiosos que pasean por el salón, vestidos de etiqueta, ratas y ratones, reflejos y reverencias, modas y modales. Suena la orquesta, viento y violines bajo la suave luz, gira la condesa, desnuda de organdí, por el rellano, estela de perfume, agitación de servidumbre, mientras llegan los invitados en sus carruajes. El conde los puede ver subir la escalera de nuevo, con sus fracs y sus espléndidas sonrisas envueltas en astracán y zorros plateados, dentro de su copa giroscópica. Y relucen los sables y crujen las almidonadas enaguas, revientan los claveles en los profundos ojales. Se desenredan escalera arriba y desembocan en una cascada de saludos y parabienes. Las diademas de rubí, los encajes de plata, las honorables medallas, reflejan la luz de las relucientes arañas. Los invitados besan manos, intercambian reverencias, reparten por doquier remedos de muecas que semejan sonrisas y parten a saciar su sedienta sed.

       De pronto, el salón flota como barco en tormenta. Sube y baja a través de un mar de vestidos de tul, encajados encajes, agudas conversaciones que, como polvo, ascienden hacia las lámparas. Estirados caballeros aluden, opinan y observan desde sus monóculos, torres de marfil superpuestas. Las parejas bailan un rigodón: suave tacto en las manos, amortiguado por guantes de armiño, miradas que se entrecruzan, cargadas de pudor y deseo, una vuelta al compás y el cambio de pareja. Notas que se estiran en un compás de tres por cuatro. En oscuros rincones donde se ve sin ser visto, el placer se recrea en copas de ponche y puros habanos. Ministros y embajadores, edecanes y terratenientes, cardenales y empresarios, forman un sólido bastión de opiniones incontestables. La condesa gira, desnuda de organdí, entre sus augustas presencias, deshecha en elogios de ida y vuelta. Leve angustia sofocada a golpe de abanico y carraspeo: El ponche se agota pero, en seguida, ejércitos de botellas desfilan entre la concurrencia. Añejas insignias de Jerez, de Oporto, de Armagnac, blasonados escudos de Escocia y de Irlanda, dorado champán envejecido en la paz de los conventos. Los camareros, chaqueta blanca y pajarita, avanzan como exploradores por una jungla repleta de manos que se acercan, cargadas de copas vacías.

       El señor conde respira la vacuidad y se recrea en ella como pez en profundas y coralinas aguas que difuminan lo que pasó ayer y lo que pasará mañana. Savoir vivre, carpe diem, transmitido desde su infantil mundo mágico de velas y veletas. Conde, conde-nación, conde-scendencia, presuroso altar donde nada es cierto y lo cierto es menos que nada. No habla, respira vacuidad, su propia vacuidad, de prósperos retazos.

       Comienzan las risas, los bailarines tropiezan y se desafina el coro. Los señores ya no opinan. Describen, vociferan y trazan metáforas que nadie llega a entender. Hipérboles hiperbóreas surcan la atmósfera, ya cargada, del salón. Entre las batientes puertas, se escurren sigilosas las parejas a pasear por el extenso jardín, redondo arbusto bajo redonda luna, pálidas doncellas en brazos de apuestos galanes y, junto a dormidas fuentes de agua dorada, se deshacen en requiebros de agitadas almas. Refuerzan su aroma la magnolia y el jacinto, canta el búho desde el borde de una rama, reposa inmóvil el nenúfar sobre el lago artificial. Juego de amor, fuegos de artificio, manos entrelazadas, manos que se deslizan por prohibidos territorios de tórridos trópicos, hasta que la luz del sol diluya las pasiones y se conviertan en incierta memoria.

       En el salón, las señoras parlotean como grullas moribundas, con rostros encendidos, empañados espejos y peinados deshechos. La condesa, desnuda de organdí, pasea y comenta mientras gira en un giro infinito, como sumiso planeta en su órbita, cabriolas de caballo de feria, sobre las puntas de sus leves zapatos. La vida convertida en carrusel, delicada y sutil, sólo aparece la apariencia, lo profundo es oscuro y escabroso. Todo se puede ocultar tras el maquillaje y lo real es lo que se ve. Balsas de aceite. El calor se atenúa con agua gaseosa y aire de abanico. Brillo de diamantes y dentífricas sonrisas, cumplidos que cumplen y vuelven para alimentar sólidas convicciones narcisistas. Pavos pavoneados, coloridas colas de abanico que se abren, mostrando su efímera belleza estampada de amatista.

       La orquesta aún se esfuerza por tocar, pero las notas de Mozart se estrellan contra el tupido velo de las conversaciones y el estrépito de copas que caen, derramando líquidos y líquenes en el pegajoso suelo. Copas y capas sustituyen a las volátiles alfombras que volaron. Se relajan las buenas costumbres, se anudan en brindis sin conciencia las impolutas camisas con medallas y anillos episcopales.

       El conde se aburre, sentado en su copa. Busca y rebusca entre la oscuridad las curvilíneas formas que rellenan un provocativo vestido azul, gacela que se apresta a caer en las garras del león, colgada de sus pendientes de diamante y su diadema de rubí. Y allí está, pastando en la sabana. Pelo rubio, marinos ojos, enigmática sonrisa, como ebria Venus. Y la señora condesa, desnuda de organdí, se sube a la mesa de billar, se quita la ropa, fajas y refajos, para mostrar la superficial superficie de su espectro. Es la llamada de Baco, el comienzo de la orgía. Ahora, el señor conde lo contempla todo desde una gigantesca lámpara en la que crecen melocotones. Y ve cómo vuelan los vestidos y los sables y las coronas, rodeados de aire, rodeados de nada, suben, caen, se deslizan, muestran, haciendo oídos sordos al pudor y a la moral, vaporosas palabras, vacío en el vacío. También el conde vuela, con su cómplice sonrisa sin mañana en ristre. Vuela detrás de la rubia piel de luna, que se ha convertido en estatua de sal junto a la reluciente escalera.   

       En el jardín, los amantes dejan de serlo. Se unen, se separan, según sopla el viento, volantes veletas de deseo. Crecen, engordan, llenos de aire, y el búho se convierte en un bistec a la plancha. La luna de lana se deshilacha, se derriten los jacintos y se espantan los nenúfares, provocando una estampida. El vestido azul, furtivo, cruza el jardín perseguido por el conde, hasta que pierde su rastro. Se cansa y se sienta, descansa y sigue sentado en su copa. Le aburren los candelabros y las reverencias y el aire de los abanicos. Todo es vaporoso dentro de su copa. Bebe y rueda, Bebe y vive, bebe y piensa, nada antes del ocaso, nunca más allá del alba, vestido de Peter Pan. La señora condesa, desnuda de organdí, habla y habla y habla, monotemático monólogo, tan vano como autista. Siembra en sombra, nadie escucha, el más profundo temor de la condesa, pero no calla. Las palabras se vuelven el motor de su vida. Si se calla la condesa, calla la vida. Y, de repente, aparece un espejo ante ella, y ella ve lo que quiere ver. Se deshace en sonrisas ya deshechas, inmersa en su cuento de hadas. Todo se vuelve cuento, el conde, la condesa, la fiesta.
       Algún viejo decrépito pregunta en voz alta dónde están las buenas costumbres de antaño. No están, porque nunca estuvieron. Arden las esperanzas y se queman los sueños. Los invitados bajan las escaleras como un ejército en retirada, como murciélagos que esperarán el regreso de la noche, una nueva fiesta. Nadie sabe dónde está el mundo. El sol irrumpe en el salón de baile. El señor conde mira y no dice nada. El sol, el reloj, el tiempo. Mira y ve su ojo en el fondo de una copa, resaca marina y alada. Con su ojo, viste de organdí a la condesa, que vuelve a pensar en desfiles de moda y cuestaciones benéficas. El silencio toma al asalto el palacio. La vida irreal se detiene, como si se cerrara el ataúd de un solo golpe. El aire en el salón de baile. El conde no quiere saber nada de aires. Atmósferas, isobaras, presiones impresas, impresiones, viento del norte, viento del sur, vientos del mundo inundan el palacio. Desaparece el conde, si es que alguna vez fue real, como globo deshinchado, como barco que se hunde, con la secreta esperanza de flotar otra vez. Duerme el conde, se apaga el ojo.

domingo, 5 de febrero de 2012

LA CIUDAD DE AGUA




       Sueño adentro, allí donde no alcanza la férrea lógica del mundo, se llega a unas tierras de sal y bronce, que rodean con ásperos vapores la ciudad de agua, haciéndola invisible a los ojos humanos. Sólo al cruzar este ardiente desierto real, que hiere los sentimientos más puros, armado de paciencia infinita y extrema decisión, podrás llegar a sus confusos límites. Entonces, verás la ciudad, envuelta en su húmeda y volátil paz que no conoce tiempo. Desde ese momento, ya no hay lugar para sorpresas. Tus ojos no te engañarán. Dos cataratas entrelazadas, forman una súbita escalera que asciende hasta las mismas puertas del castillo de agua, sostenido, como toda la ciudad, por la envolvente fuerza de la magia, convertida en realidad desde la nada. Así se hizo la ciudad del agua, ilusión vestida de frágil apariencia,  piedra líquida de dudosa consistencia, onírico refugio sostenido por recios muros de agua.
       El castillo es el centro del mundo, la morada de Neptuno, rey del mar y  los sueños, de la lluvia y las mareas. Él fue el titánico constructor de la ciudad, en su origen sin memoria. El castillo es su trono y su refugio. Desde una de sus torres transparentes, se pueden ver los cuatro cauces que se unen, humildes, en el Gran Lago central. Cuatro cauces, cuatro vertientes, como venas desplegadas, mezcladas en una corriente de vida, que da forma a la ciudad. Neptuno la creó dulce y tranquila, ajena a humanas destrucciones. En ella, todo es de agua: las calles, las sillas, las miradas de la gente, disimuladas detrás de amplios ventanales de agua.
       También sus habitantes son de agua, y son parte indivisible de la propia ciudad. Seres vivos hechos del mismo material que los sueños, seres que viven y sueñan. La pertinaz sequía empequeñece sus casas y amenaza con romper la solidez de las acuáticas piedras que les dan cobijo, esa es su única preocupación. Lo comentan, perdida la mirada, en la plaza de arena, círculo central de la ciudad, que es como una isla de lucidez en medio del onírico paisaje. Se quejan también en las herrerías de agua, en los angostos pasillos de los palacios, en los recónditos páramos salinos donde se cultivan las algas del plenilunio. Todos acaban por creer, por querer creer, que este mal momento pasará, como ya ocurrió en otras ocasiones. No saben el peligro que corre su propia existencia. Una misteriosa sombra les acecha y pretende acabar con la ciudad. Y esa sombra eres tú, hijo del sol, enviado de tierra. Tú que estás dispuesto a cumplir el mandato de tu padre sol, tú, cuya misión consiste en convertir el agua en sólo agua, sin figuras ni paisajes que vayan más allá de tu seca realidad.
       Hoy tus planes se harán realidad, para eso has navegado tantos días, desde el caliente reino solar. Quieres contemplar la destrucción de la ciudad desde la misma torre de Neptuno, tu mortal enemigo. Las naves ya se agitan en el límite de la atmósfera, esperando tus órdenes. Mientras tanto, la ciudad se despierta con su permanente sonido de lluvia sobre mar en calma. Los días se miden en porciones de agua. La luz hace brillar la ciudad. Los nenúfares pasean corriente abajo, entre señoriales mansiones de agua, de una riqueza aún no vista en tierra alguna. Atraviesan puentes de nieve y fantasmagóricos bosques de helechos, llegan incluso a los límites del desierto, respiran su aire viciado y metálico y vuelven para descansar a las plácidas lagunas interiores. El sol se refleja en los canales y los estanques. Nace el día entre cristalinos cantos de sirena, que aún hipnotizan a quien lo quiera escuchar. Todo parece tranquilo, agónicamente irreal. El sol sigue presente, como tantos días, aunque cada gota de la ciudad añora las altas nubes que, en otro tiempo, regaban sus sueños. Millones de gotas diferentes entre sí, se desperezan con su particular forma casi sólida, desafiando el poder de tu padre, que brilla sobre ellas como una permanente amenaza. Tu padre, el sol, el que calienta lo que ha de permanecer frío, el que reina en la confusión, como suele hacer desde los orígenes del mundo.
       Y, precisamente, en la esfera del sol aparece un punto, como un mal augurio. Un punto que se acerca. Neptuno, que ya esperaba este momento, lo está viendo, con aire preocupado, desde su torre. Tú también tienes la mirada en lo alto. Es el gran momento para tu dudosa gloria. No podías permitir que en tu tierra, sólida como un martillo, brote lo que no es ni puede ser cierto, que florezca y permanezca desafiante al eterno poder del sol. A tu inclemente padre ofrecerás este sacrificio. Quieres ser su hijo predilecto, atento siempre a los deseos de tu señor, esperas ser quemado en su yerma sabiduría de escarpada roca y  calcinado desierto. El sol odia la absurda presencia del agua, que se mezcla con la sal para intentar ir más allá, anegando la tierra.
       Las torres de agua parecen agitarse levemente al verte pasar, envuelto en orgullo. Tus ojos podrán ver la derrota del volátil Neptuno, el acuático ser que rechazó las razones del sol, el rey que todo lo posee. Las naves ya se acercan con su mortal carga. Puedes distinguir sus amenazadoras figuras recortándose en el cielo. Sabes que la ciudad no se puede defender, es demasiado frágil para soportar tu embravecida furia. Sonríes con torcido gesto. Tu mortífero plan está a punto de llevarse a cabo. Te lo sugirió el mismo sol desde su ardiente infierno. Esta vez nada va a fallar. Tu plan es metódico hasta en los últimos detalles. Todo es metódico en tu vida, incluso la maldad. El pánico devora, como un ciclón, a los habitantes del agua. El gran lago se convierte en remolino, intenta salvarse girando sobre sí mismo. Se alza, cae y explota, arrasando la ciudad, llevando a su paso puentes, estatuas y farolas. La ciudad se deshace de terror ante tu castigo. Las caracolas y las medusas vuelven a ser sólo agua, saltan y se confunden al desaparecer. El agua desborda al agua misma, justo antes de que se desate tu ira, por tanto tiempo contenida.
       Algo ha fallado, algo que no habías previsto. También tú eres arrastrado por la sinfonía del caos que te rodea y que tú mismo has provocado. El mundo en movimiento. Caes, te ahogas, te fundes con el enemigo que agoniza. A la hora convenida, las naves dejan caer su carga sobre la agitada ciudad. Se trata de una descomunal esponja, tan grande como lo pálida y lejana luna, un mortal artefacto digno de tu padre, el viejo y necio sol. Todo rastro de agua debe desaparecer, para consuelo de todos aquellos que viven amarrados a la tierra. Su existencia es perniciosa para los vasallos del sol. Dentro de poco (tú ni lo verás), todo será sal y bronce, un nuevo desierto. Tal vez, aunque no lo quieras, Neptuno pueda escapar del desastre, gracias a su inmensa sabiduría de sueño encendido y pleamar, y planee construir otra ciudad a partir de algún pequeño charco. Tú ya no lo podrás impedir. La crueldad te arrastró, confundido en agua, para que puedas sentir su mismo final.
En ese momento, la esponja se estrella contra el suelo con un golpe seco, acabando con todo resto de vida, de esperanza. El agua acaba siendo consumida y tú, agonizante, empiezas a pensar si mereció la pena la pretensión de ser el hijo predilecto de Dios.

sábado, 3 de diciembre de 2011

EL ASTRONAUTA

         El astronauta salió a reparar el maltrecho satélite que había sido su hogar durante el último año, perdido y a la deriva por la órbita de Venus. La Tierra estaba muy lejana, en el espacio y en el tiempo, tan lejana que parecía poco más que un sueño. Hizo una mueca al acordarse. Probablemente, alguien de ese mundo, que tenía ya una vaporosa consistencia en su memoria, le estaría echando de menos, pero por el momento no podía pensar en ello. Primero tenía que centrarse en los propulsores, fundamentales para poder regresar a casa. Esta vez, al menos, no era una avería importante y su vida no corría excesivo peligro, si se podía considerar que su situación no era peligrosa de por sí, expuesto como estaba a los indescifrables caprichos del cosmos. Lo mejor que podía pensar era que la avería de su nave no era cuestión de vida o muerte, como en otras ocasiones. La tecnología no era tan perfecta como pensaban algunos. Su compañero murió tres meses antes, intentando cambiar un panel transmisor. Su cable se rompió y se alejó sin remedio de la nave, flotando en el inmenso océano de estrellas y asteroides, sin rumbo, una travesía de la que ya no podría volver. Por suerte, en esta ocasión, el astronauta no iba a tener excesivos problemas en reparar los propulsores dañados él solo. No quería jugarse la vida a pocos días de acabar su misión en el espacio exterior.
       Abrió la escotilla y flotó, envuelto por el rumoroso murmullo del viento sideral. Le gustaba esa sensación de libertad al salir al exterior, como si pudiera sentir el aire en la cara, a pesar de la escafandra. A sus pies, la Tierra, redonda y azul, parecía un remanso de paz, un planeta deshabitado, como tantos otros. Sólo por ese tono azul, el infinito mar, podía saber que se trataba del suyo y que estaba lleno de vida. Lo echaba de menos. Llevaba mucho tiempo en el espacio y, aunque no se encontraba del todo mal en soledad, añoraba ver a otros seres vivos. Siempre se había considerado un solitario pero, en todo este tiempo pasado en la órbita de Venus, había aprendido a valorar la compañía de los demás. El monitor que le mandaba información desde Houston, las llamadas del Presidente durante su campaña electoral, las entrevistas emitidas para medio mundo, empezaban a parecerle insuficientes. Necesitaba sentir el calor humano cerca de él, la cálida sonrisa de Nancy, los besos de Betty y del pequeño George al volver de trabajar. Tenía una foto de los cuatro junto al panel de mando. Se la hicieron en el Gran Cañón. Tras ellos, una maravilla de la naturaleza, roca excavada por el agua durante siglos, pero le importaba cien mil veces más la imagen familiar que había en primer plano. George no andaba aún.
       Le quedaba una semana para volver y quería tener todo a punto para que no hubiera ningún error. Con gran soltura, engrasó los propulsores y reemplazó algún cable defectuoso. Cuando terminó la reparación, decidió separarse de la nave y dar un paseo sideral, a pesar del evidente riesgo. Revisó el cable de conexión a la nave para que su paseo no se convirtiera en un infinito viaje, como le pasó a su compañero, y se dejó llevar. Era como bañarse en una piscina. No podría describir la sensación de paz que le invadía, entre el silencio y la oscuridad. Dio vueltas en el vacío si perder de vista la Tierra. Desde allí sólo podía observar la calma que rodeaba al planeta, la lenta marcha de un planeta en su órbita, no le llegaba la febril actividad en que estaba sumergido: miles de coches, de trenes, fábricas trabajando a pleno rendimiento, el constante devenir de gente en la calles de las ciudades a cualquier hora del día o de la noche. “La Tierra nunca se detiene”, pensó el astronauta, echándola de menos una vez más, como casi siempre.
       Le hubiera gustado saber qué estaría sucediendo allá abajo en ese preciso momento. Suponía que estarían pasando tantas cosas que era imposible imaginarlas una por una. Algunas de ellas serían maravillosas, estaba seguro: un nuevo amor, el nacimiento de un hijo, una espléndida noche de verano en cualquier parte… Otras, no lo serían tanto: guerras, hambre, enfermedades, degradación de la atmósfera, los males que siempre han existido y que continuarían amenazando con destruirlo todo. Sentía el mundo grande y pequeño a la vez, como si algo tan grandioso pudiera ser abarcado sin dificultad por la palma de su mano, como si, en el mismo instante, pudiese compartir cada acontecimiento en cualquier rincón del planeta con cada uno de sus habitantes. No podía quejarse, desde su lejano satélite, tenía la perspectiva de un dios. En el vacío, se perdía toda noción de tiempo y espacio, podía recorrer, con una sola mirada, distancias que, desde la superficie de la Tierra parecían enormes, pero empezaba a cansarse de tanta grandiosidad que, en el fondo, no servía más que para transmitir información de otro planeta, desértico, inhabitable.
       Siete días más, después de todo un año y, cuando bajase, le esperaba la gloria: paseo triunfal por la Quinta Avenida, comidas de homenaje y agotadoras ruedas de prensa. No le gustaba pensar en eso, pero así es como tendría que ser. Lo soñó muchas veces antes de ser lanzado al espacio pero, una vez en órbita, se le olvidó. No valen sueños de grandeza cuando se está comprobando a diario lo pequeño que es el mundo, lo insignificante que es su existencia en las orillas del Universo. Había otras cosas que él valoraba muchísimo más desde que estaba allí arriba, cosas que en las que, hasta entonces, no había reparado en ellas. El viejo mundo, lejano y maravilloso… Quizá cuando se está en él no se podía tener tan claro lo decididamente estupendo que es vivir en la …
De pronto, notó un temblor, apenas perceptible, en la Tierra, y siguió otro y otro y otro. Hubo una gran explosión cargada de átomos radiactivos. Tras el humo, ya no había nada, el planeta Tierra se había desintegrado sin dejar  siquiera cenizas. El astronauta contempló horrorizado el final de todas sus esperanzas, de la raza humana, el final de Nancy, de Betty y del pequeño George, el final del Gran Cañón del Colorado y de Houston, de la Quinta Avenida y también del señor Presidente de los Estados Unidos. Sintió que algo dentro de él se había roto para siempre. Tenía ganas de morir y, ciertamente, no le quedaba ya mucha vida, vagando solo en el infinito universo, sin calor ni provisiones, sin nadie a quien hablar. En el silencio, sólo se oía el continuo murmullo del viento sideral.

lunes, 14 de noviembre de 2011

BIENVENIDO, Mr MARSHALL


         Ayer, domingo, fue el día de Acción de Gracias. Hubo comida en familia, un paseo bajo el sol primaveral y una pequeña fiesta con barbacoa. Los niños jugaron al béisbol en el jardín hasta el anochecer. Fue una fiesta perfecta, un año más; pero por la noche, cuando todos dormían, no pude evitar bajar a la bodega, donde no llegan los inquisidores ojos de las cámaras, mi último refugio. Allí, entre toneles vacíos y artefactos de gimnasia que nadie usará jamás, rescaté mi tesoro secreto. Me sentí emocionado al verme en otra realidad, una sensación antigua y olvidada de vivir en otro lugar. Pequeños retales de los viejos tiempos, cuando aún no éramos un estado de la Unión. Bajo la débil luz de una lamparilla, abrí con temblor la caja de cartón y desparramé sobre el suelo todo lo que queda del pasado, lo que no pudieron encontrar las Brigadas Civiles en sus numerosos registros. Son sólo fetiches que antes no tenían apenas importancia. A veces ni sé por qué los guardo después de tantos años, por qué no me acostumbro a pensar como los demás y me digo que debo ser un buen norteamericano aunque haya nacido en Badajoz.
         Miré mis tesoros en la penumbra: un ejemplar del Quijote manoseado y con inequívocas huellas de uso en sus amarillentas páginas; un bote de aceitunas sevillanas ya demasiado añejas; la portada de un disco de Antonio Molina; un abanico desvencijado; un ejemplar del Marca; una concha jacobea... Forman parte de mi vida, y no estoy dispuesto a renunciar a ella aunque esté prohibida la posesión de artículos anti- norteamericanos. Tampoco voy a dejar de escribir este diario, íntegramente en español, por si alguien en el futuro se vuelve a preocupar de cómo éramos y cómo vivíamos en este lugar, ahora llamado Spain. Según una versión oficial, no tenemos pasado, y ésta es una verdad comúnmente aceptada. Ha pasado demasiado tiempo para que los jóvenes se preocupen por esto
         Ya sólo quedamos los “coleccionistas”, guardianes del recuerdo, ocultos en la clandestinidad de nuestras bodegas o desvanes. No podemos hablar con nadie de nuestros tesoros, ni siquiera se lo comentamos a nuestras propias familias para no comprometerlas. Un coleccionista o un encubridor se arriesgan siempre a ser condenados a muerte. No conozco a nadie como yo. Sé de la existencia de otros coleccionistas al leer las listas de detenidos que publica el Lincoln Times semanalmente. Somos pocos ya, cada vez menos. Me gustaría poder hablar con alguien en español, pero nadie parece conocer el idioma, ni aún en privado. Es desolador. Empiezo a olvidar el significado de algunas palabras, aunque intento mantener fresco el recuerdo leyendo de vez en cuando algunos pasajes del Quijote en la bodega, pero ayer no me apetecía leer, sólo recordar. Eso sí, ni las cámaras que nos vigilan en todas partes ni los registros de las Brigadas Civiles han conseguido que yo deje de pensar en mi propio idioma.
         Procuro guardar las formas durante el día. Acudo con regularidad a los rodeos del Garden Coliseum (Antes Las Ventas), hablo un inglés muy correcto y hasta como pollo frito con chips y hamburguesas en el Fast Food que han abierto cerca de mi casa, y lo hago para que me vea todo el mundo, para evitar sospechas. Hago lo que quieren que haga, sólo soy un pobre jubilado, no hago daño a nadie pero desconfían de mí.
         Pensaba en todas estas cosas arrodillado junto a mis tesoros, la mirada húmeda, sin poder ocultar la emoción. Me encontraba aturdido, pesaroso con esta visión del pasado, cuando Lincoln City era Madrid, y Jefferson Street, la calle de Alcalá. Parece tan lejano ya... Ellos educaron a mis hijos en el odio a todo aquello que yo amo, y ahora educan a mis nietos de igual forma: fríos, calculadores, inmersos en un consumismo atroz. Jamás conocerán lo que yo pude ver cuando era pequeño y los Estados Unidos no eran más que una país demasiado poderoso al otro lado del océano. Para ellos, Norteamérica es también España, Italia, Dinamarca, y en algo tienen razón, ya que nuestra forma de ser, nuestra cultura, ha desaparecido por completo. Yo, sin embargo, intento no olvidarlo, aunque sólo sean ya fugaces destellos de la memoria. Entonces sí sentía que estaba viviendo en mi tierra. Ahora sólo me queda el recuerdo, representado por este montón de cosas prohibidas.
         Después, guardé todo en la caja de cartón y volví junto a mi mujer, con el alma retorcida aún por la nostalgia. Ella estaba haciendo un pastel de frambuesa. Me preguntó dónde me había metido y tuve que mentir una vez más con lágrimas disimuladas. En la televisión, los Tigres de Detroit se enfrentaban a los Osos de Denver. La luna se ocultaba entre espesos nubarrones...

sábado, 12 de noviembre de 2011

¿CÓMO VA LA GUERRA?

Aquí no puede estar, señor. Esto es zona de guerra.
Te equivocas, muchacho, esto es zona de pesca. Llevo veinticinco años viniendo aquí domingo tras domingo y sé bien lo que me digo. ¡Hay salmones de ocho kilos! Este es mi gran día y no me lo va a arruinar su estúpida guerra, así que si piensan seguir con esos cañonazos, apunten para otro lado porque podían ahuyentarme a los salmones. Vamos a llevarnos bien.
            El joven soldado se limpió el barro de la cara, estupefacto. Aquel hombre montado en un viejo modelo de coche debía estar loco. Venir a pescar en medio de un campo de batalla ¡Menuda estupidez! Además, el hombre,  que dijo llamarse Goddle, se había traído a toda la familia: La mujer, cuatro niños pequeños y un Cocker. A su alrededor, sólo desolación: alambre de espino, cráteres de obuses, árboles quemados. La tierra parecía ceniza, el mundo entero estaba en guerra y al señor le apetecía ponerse a pescar.
            El señor Goddle aparcó un poco más allá, junto al río, sacó del portaequipajes una cesta de mimbre y una pequeña banqueta, que colocó cuidadosamente en la orilla, y empezó a preparar los aparejos ante la mirada absorta del soldado, que tardó en reaccionar. Los niños ya habían bajado del coche y correteaban unos detrás de otros. La madre empezó a hacer la comida.
Un momento. Creo que no me ha entendido bien. Estamos en una zona de guerra y están jugándose la vida. Caen muchos obuses por aquí.
Le he entendido perfectamente, pero sus obuses no me interesan. Con tal de que no me asusten la pesca, pueden ustedes disparar todo lo que quieran. Creo que soy una persona razonable.
Usted está chalado, pero ese es su problema. Le quedan cinco minutos de vida. Van a comenzar los bombardeos en este sector y no les va a quedar ni un trozo sano. Yo ya les he avisado.
Vale, vale. No hace falta ponerse trágicos. Ustedes sigan con su guerra que yo me ocuparé de lo mío. Por cierto, hace un día espléndido para la pesca ¿Lo es también para la guerra?
En la guerra no hay días espléndidos.
¡Oh, que lástima! Entonces se aburrirán muchísimo.
No crea, siempre hay algo que hacer.
Entiendo ¿Y por qué se lucha esta vez? Espero no haber sido muy indiscreto con esta pregunta. Ya sabe, a lo mejor es un secreto entre ustedes, los militares.
No es un secreto, pero yo no lo sé. Presto poca atención cuando me lo intentan explicar.
Debería ser un poco más aplicado, muchacho. Esas cosas tienen su importancia.
¡Bah! Yo sé disparar una ametralladora, que es lo que me hace falta en estos momentos. Y ya basta de tonterías. Si han decidido quedarse, será la última vez que les vea. Voy a dar parte a mis superiores.
Vaya, joven, vaya. Cumpla con su deber. No es mi intención entretenerle. Y tengan cuidado con los niños. Son muy traviesos y si se descuidan les pueden robar un tanque de esos, pero no se preocupen, yo se lo devolveré.

            El soldado no respondió, se dio la vuelta y desapareció saltando entre los cráteres. Entonces el señor Goddle, satisfecho, se sentó en el taburete, encendió su pipa, colocó el cebo y pasó un dedo por el sedal antes de hacerlo volar sobre su cabeza, arrojándolo al agua con un fuerte impulso de sus muñecas. El hilo parecía de oro bajo el sol de la mañana. Poco después, como estaba previsto, comenzó el bombardeo, pero nadie de la familia Goddle se inmutó. No les gustaba meterse en  asuntos ajenos. Los niños siguieron jugando, la madre miró al cielo por un momento y luego volvió a clavar los ojos en la novela que estaba leyendo mientras se calentaba el aceite. Algunas bombas cayeron muy cerca, pero no mostraron el más mínimo interés. El señor Goddle parecía preocupado por la pesca. A mediodía cesó el bombardeo, y pocos minutos después apareció un teniente acompañado de dos soldados.
¿Siguen vivos? No sé cómo han podido sobrevivir, pero ahora tienen que salir de aquí. Ya está bien de bromas.
¿Les hemos molestado mucho? Lo siento. Les diré a mis chicos que dejen de colarse en las trincheras. Una guerra es una cosa muy importante ¿No es cierto, oficial? Las guerras no hay que tomárselas a broma. A mí me gustaría participar, pero en confianza, prefiero la pesca. A propósito ¿Cómo va la guerra? Menuda paliza le habrán metido a los de ahí enfrente.
Hacemos lo que podemos, que no es mucho. El enemigo es duro de pelar.
¿Y creen que habrán terminado antes de anochecer? Es el mejor momento para que piquen los peces.
Voy a ordenar a mis hombres que los desalojen. No se preocupen, les dejarán en el hospital psiquiátrico más cercano. No me obliguen a utilizar la fuerza.
¿Fuerza? Aquí no hace falta la fuerza. Para su guerra es posible, pero aquí basta con un poco de habilidad. Hay que esperar el momento justo para tirar, luego ir recogiendo el carrete con suavidad pero con firmeza.
No me interesa.
Entonces tal vez le interese más esa espléndida tortilla. Huele que alimenta.
Eso sí que es verdad, pero no me van a convencer ni por esas. Tengo órdenes de sacarles de aquí. Están en plena zona de combate.
Pero eso ya se lo expliqué a su compañero. Vamos a ver si nos entendemos. Yo he venido a pescar y eso es precisamente lo que estoy haciendo, lo que he hecho siempre en domingo desde hace muchos años. No me importa que ustedes estén haciendo una guerra en este mismo lugar, aunque en realidad sí debería importarme que se dediquen a matarse unos a otros, pero ya ve, lo paso por alto. De todas maneras, comparando estupideces, ustedes me llevan ventaja. Son ustedes los que deben irse a casa y dejarse de niñerías. ¿No saben que hablando se entiende la gente?
Es un asunto de Estado.
No. Los que tiran las bombas son ustedes y sus vecinos de ahí enfrente. Los estados siguen donde estaban. Y ahora ¿Quiere compartir esta tortilla con nosotros? Es grande como la rueda de un carro.
Por supuesto que el teniente se queda, querido. Le he echado doble ración de patatas pensando en usted y en sus soldados. Creo que se come muy mal en las guerras – Dijo la señora Goddle-. Además, ahora no están pegando tiros.
¡ Eso, eso, que se queden a comer! –Exclamaron los niños -.
Pues ya está todo dicho.
            El teniente y sus soldados volvieron a su posición con el estómago lleno. Antes de irse, les dio de plazo hasta la puesta de sol para abandonar la zona. Se estaba preparando un ataque de proporciones colosales. El señor Goddle iba a concentrarse de nuevo en la pesca cuando recibió una nueva visita.
¿Tiene permiso de pesca?
¡Oh, vamos, Michael! Sabes que nunca he necesitado de ningún permiso para pescar aquí.
Pero está prohibido pescar.
            El viejo guarda había decidido reanudar su faena. A él sólo le preocupaba vigilar las montañas. La guerra era cosa de otros. Y ahí estaban ellos reviviendo una escena de antaño, desgajada del mundo. El guarda y el pescador furtivo un momento antes de iniciar una amena conversación.
Parece que este año aún no han regresado los patos.
Sí. Tal vez este tiempo tan húmedo. Cualquiera diría que estamos en junio.
Se había reanudado el tiroteo, pero ninguno cambió su expresión. Preferían pensar que la guerra había dejado de existir. Se sentaron frente al río, donde había cadáveres flotando.
Hoy no creo que pesques mucho, Sam. El agua baja muy turbia. Los mineros estarán echando sus porquerías otra vez, seguramente.
Dos campesinos, más abajo, en el valle, volvieron a arar por donde hacía muy poco que había pasado un regimiento de tanques. Ellos también se habían cansado de la guerra, estaban en época de siembra y querían hacer lo que habían hecho toda la vida por encima de la cabeza de todo el mundo. Y más allá, una mujer volvía a ordeñar sus vacas, que mugían agradecidas. Un martín pescador se lanzaba al agua una y otra vez. La naturaleza estaba recuperando su normalidad  a pesar de la guerra.
Desde la trinchera, el general no podía creer lo que estaban viendo a través de sus anteojos. La gente parecía ignorar la guerra, aunque las bombas volvían a caer muy cerca de ellos, cada vez más cerca, como si los artilleros se hubiesen puesto de acuerdo para acabar con el elemento civil invasor. El señor Goddle dejó la caña, sacó una botella de coñac y fue a sentarse junto al guarda forestal.
Parece ser que hoy no vamos a pescar nada, dijo con resignación.
Yo diría que no, Sam. Pero eso no importa. Júrame que no te moverás de aquí.
Por supuesto que no me moveré, ya me conoces.
Eso me tranquiliza. Así tendré buena compañía.
El general maldijo en voz baja y dieron órdenes inapelables a sus oficiales. La ofensiva se llevaría a cabo por la noche, tal como estaba previsto, y si aún quedaba suelto algún loco de aquellos, que Dios se apiade de su alma. La tarde empezaba a alargar las sombras.
Hubo novedades un poco después. Los centinelas avanzados avisaron de la llegada de dos coches más, que aparcaron junto al cacharro del señor Goddle. Se trataba de dos matrimonios cargados de hijos que decían haber encontrado un lugar ideal para acampar. El guarda les saludó muy amablemente y les dio algunas advertencias sobre cómo controlar un fuego y otras muchas cuestiones relativas a la seguridad en la naturaleza. Los campesinos terminaron su faena y se sentaron bajo el tronco quemado de un cerezo con un trozo de queso y una botella.
En la trinchera ya estaba todo preparado para el ataque. Se habían repartido máscaras antigás y ración doble de munición. Los tanques se despojaron de sus camuflajes y sus motores rugieron como viejos leones. La actividad era febril. Por doquier volaban las órdenes y las consignas. Los artilleros seguían con su incesante bombardeo. Todos esperaban la orden de su general, a las once y diecisiete.
Los habitantes del pueblo, que habían vuelto a sus casas medio derruidas, se dejaron ver. Apenas tenían comida, pero el dueño de la fonda reunió todo lo que pudo y organizó un gran festín para todos en las afueras, junto a los restos de una alameda. Había ganas de celebrar algo, lo que fuese. La señora Goddle dijo que faltaban dos días para el cumpleaños de la pequeña, y ese ya era suficiente motivo para una celebración. Todos brindaban y reían a grandes voces mientras los niños, que ya eran más de veinte, jugaban al escondite entre los socavones y las casas en ruinas. Tras la cena llegó la hora de los cantos. Hicieron un gran corro con las sillas y uno por uno fueron saliendo al centro a cantar alguna  copla cuanto más subida de tono, mejor.
A las once y quince, el general pospuso el ataque y bajó a hablar con los del pueblo. Al principio nadie le hacía caso. Tuvo que ponerse en el centro del círculo y cantar una copla para que se fijaran en él.
Vamos a ver, porque así no hay quien haga una guerra. No es nuestra intención disparar contra civiles, pero si persisten en su actitud, daré la orden de avanzar aunque sea por encima de sus cadáveres. Estamos en una batalla muy importante, y la historia no puede detenerse para ver cómo se divierten ustedes. Vuelvan a sus casas y dejen ya de interrumpir la ofensiva. Está en juego el honor de nuestro país.
Por eso mismo - dijo el alcalde -. El mundo entero se está riendo de su estúpida guerra, que al final no servirá para nada. Se pasan el día tirando bombas, arruinando nuestros campos y encima nos pide que nos encerremos en casa para que puedan destrozarlo todo sin interrupciones. Si quieren disparar contra nosotros pueden hacerlo, pero seguiremos cantando aquí hasta que nos dé la gana porque estamos en nuestro pueblo, no sé si me entiende.
Perfectamente –respondió el general, indignado – Pero resulta que este no es un asunto nuestro, son ellos los que nos quieren invadir y nosotros nos defendemos. Debería darles vergüenza, nosotros representamos a todo el país.
El país debería buscar mejores representantes, y no lo digo por usted, que parece una buena persona. Pero ¿No hay forma de entenderse sin liarse a mamporros? Quiero decir, si los otros se comportan como bestias, nosotros no tenemos que hacer lo mismo. Dos no pelean si uno no quiere. Recoja sus cosas y verá cómo los otros se vuelven por donde han venido.
Ustedes se han vuelto locos ¡Eso es deserción ante el enemigo! El Ejército es muy tajante en cuanto a todo esto. Tenemos una larga tradición de hechos gloriosos en defensa de la Patria y no nos gustan los traidores. Tampoco nos gustan las víctimas civiles porque desprestigian nuestra segura victoria, por eso les pido por última vez que reconsideren su actitud y sean razonables.
Lo siento, pero no podemos ayudarle. A nosotros esta guerra sólo nos produce fastidio, y estamos  hartos de escondernos. Queremos llevar una vida normal ¿Es mucho pedir?
¿Debo entender eso como una negativa a colaborar?
Conque lo entienda  nos basta.
Entonces deben atenerse a las consecuencias.
Sin esperar respuesta, el general subió al jeep y volvió a sus líneas. Primero pensó plantarles en las narices toda una descarga de morteros del ochenta y ocho, tal vez así fuesen más razonables. Las guerras no se pueden detener de esa manera, no es serio. Aquellos civiles merecían un escarmiento, sin duda, pero un general debe actuar con prudencia. Cargarse civiles, aunque sean muy testarudos, no es ninguna gloria, y no quería asumir unas responsabilidades que no eran de su incumbencia. Por eso no le importó sacar de la cama al Primer Ministro, que estaba furioso. Pero cuando se enteró del motivo de la llamada se puso más furioso aún. Dijo que con pueblos así era imposible ganar una guerra y que habría que militarizarlos a todos para poder fusilarlos a gusto, pero al final se mostró más razonable y ordenó que el ataque se llevara a cabo por otro valle al día siguiente.
- Espero que en los demás pueblos, la gente se comportará como debe –dijo el Primer Ministro antes de colgar. Y estaba en lo cierto: El señor Goddle ya estaba enseñando a pescar a una docena de mozos del pueblo vecino.