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jueves, 1 de marzo de 2012

TERTULIAS DE CAFÉ

Hablamos de política. Es uno de los temas más recurridos en España para conversaciones de café con amigos o simples conocidos, junto con el fútbol y el tiempo que hace. No acostumbran a ser, claro, conversaciones de altos vuelos, dejando en el trastero los consejos de Aristóteles sobre retórica, aunque no faltan en las argumentaciones cierta elocuencia, inherente a la naturaleza del tema político, dependiendo de la capacidad oratoria de los contertulios. Suelen estar centradas en el escándalo de turno o, últimamente, en los efectos de la crisis y, por regla general, siguen un mismo guión: se plantea la noticia o, más bien, se deja caer encima de la mesa como quien arroja un guante y acto seguido, los contertulios empiezan a atacar o a defender sus teorías, según la adscripción política de cada uno. A partir de entonces, no hay límite que se considere digno de ser respetado o, para ser exactos, el límite lo pone la pasión de los que participan en la conversación. Vale cualquier argumento, se barajan conocimientos de alta economía, de relaciones internacionales, de historia, de derecho romano y derecho comparado, de filosofía, de dirección de empresas o de agricultura con una seguridad que asombraría al mismo Ortega. Se aportan cifras, datos concluyentes, opiniones de expertos, todo es válido para que los contertulios lleguen a una invariable conclusión: Todos tienen la razón, a menos que la discusión haya discurrido por otros derroteros y termine a navajazos, dejando que la razón de tener razón o no pase a un discreto segundo término, que también puede pasar.
Este socializante pasatiempo, vestido de tertulia política, no dejaba de tener su gracia, al menos para mí, mero espectador en ocasiones de esta carpetovetónica costumbre. Dejando atrás su utilidad práctica, al menos me hacía pensar que la política tenía algo de interés para la sociedad en general, y eso ya es algo. Pero se me escapaba un detalle: en ellas se habla pero no se escucha. Si se tiene una actitud abierta de mente y se sigue el hilo de las argumentaciones hasta el final, si se piensa y se pregunta uno el cómo y el porqué de las cosas que ocurren, se pueden llegar a ciertas conclusiones que podrían acabar por dinamitar lo que hoy entendemos por política. Sin embargo, ahora, este tipo de conversaciones me produce rubor y no poca vergüenza ajena, porque lo único que se pretende es tener razón, satisfacer el ego de cada cual. A todos los efectos, se trata de dos (o varios) monólogos intercalados cuyo fin no es hacer ver ciertos aspectos que pueden escaparse al entendimiento del resto de contertulios o, simplemente, seguir un razonamiento lógico y en cierta manera personal, alejado de las frases hechas y doctrinarias, aferradas a la más pura esencia partidista que, invariablemente, dejan como conclusión subliminal aquella frase Cristo en el Evangelio de San Juan: “Yo soy la verdad, la luz y la vida” y, por lo tanto, quien piensa de otra manera está profundamente equivocado. En otras palabras, se habla por boca de otro. Así se evita pensar: se adopta un criterio heredado de otros y se descalifica cualquier opinión disidente, venga de donde venga, con la aviesa intención de reafirmarse una vez más en la doctrina prestada.
De ese calibre es la política española a nivel de base. Se embiste, como dijo Antonio Machado, cuando nos dignamos a usar la cabeza. Y mientras, la política nacional convierte las instituciones, incluyendo su más alta representación, el Congreso, en poco menos que la cueva de Alí Babá, dejando que los cuarenta ladrones, disfrazados de banqueros y empresarios, se adueñen del país, asumiendo el papel de verdaderos gobernantes, con la connivencia de todos los contertulios de café. Y así nos luce el pelo.

domingo, 15 de enero de 2012

CUARTA PARTE

Es evidente la intención de mantener sojuzgada cualquier idea que conduzca al mundo a ser más justo y más libre otorgándole la etiqueta de “utópica”, bienintencionada pero francamente utópica, según ellos; a veces, incluso, en el límite del desorden público, lo que convierte ideas que, en sí, son justas, en peligrosas. Pero no les cuesta poner buena cara ante los que se oponen, siempre que se puedan conseguir votos. Esa es su forma de comportarse en el mundo. Se enfrentan a los defensores de otro orden social con la prepotencia del que se siente superior, del que no tiene nada que temer porque tienen de su parte la ley, los votos y, desde su estrecha visión de la realidad, la razón. La izquierda agota las metáforas integradoras para acaparar el movimiento entre sus la derecha cierra filas y no ven más que grupos desestabilizadores, por supuesto fuera de la ley, que quieren hundir el país en el caos, pero no van más allá de la preocupación. Ya se cansarán de pedir lo imposible.
Es cierto que nos encuadramos en un movimiento todavía emergente, que nuestro poder de convocatoria es voluble pero escaso, mientras se siga manteniendo la idea de que la única solución es seguir como estamos. También asumo que es difícil ponerse de acuerdo a la hora de dar soluciones y lo que es absoluta unanimidad en la oposición al actual estado de las cosas, se vuelve un mar de ideas en el que es difícil navegar, pues cada uno aporta sus creencias, distintas a la de cualquier otro. ¿Qué queremos conseguir realmente? ¿Qué camino debemos transitar? Y en esa laguna nos ahogamos irremisiblemente. Al menos, la oposición nos da fuerza, y no es poco saber qué es lo que no queremos. En eso ya no tenemos dudas. Empezamos a vislumbrar cuál es el mal, qué es lo que nos está matando y nuestra intención es acabar con ello. Es, digamos, una reacción directa contra lo que nos oprime de modo intolerable, y en ella sólo interviene el sentimiento, encauzado de una u otra manera. Pero a la hora de organizarse, de brindar nuevas alternativas, de crear un nuevo orden, acciones en las que interviene más la cabeza que las entrañas, nuestro empeño enflaquece.
No cabe duda que eso es la dispersión del momento, la necesidad de un cauce teórico que haga discurrir el torrente de nuevas ideas, cristalizadas en una sola voluntad. Apuesto que todo eso se irá aclarando, en manos de filósofos, economistas, científicos, literatos, cuyos pensamientos circulan en la misma dirección. Como los judíos al huir de Egipto en pos de Moisés, necesitamos un lugar hacia el que dirigirnos, la tierra prometida. Es comprensible que muchos se resistan a emprender un viaje sin alforjas hacia ninguna parte, y hace falta seguir sumando adeptos entre los que ahora nos miran incrédulos.
Acaso también necesitamos (yo creo que sí), algún tipo de líderes que representen todos esos valores teóricos y prácticos, que sirvan, además, para aunar voluntades en torno a las nuevas ideas, aunque no para ejercer ningún tipo de poder. Un líder representa, da una presencia física a una idea que no es suya, que es deliberada por todos. Para eso es necesario una sociedad inquieta y, por lo tanto, muy politizada o lo que es lo mismo, preocupada por lo que ocurre alrededor, con una visión amplia y clara de los problemas, sabiendo que nada es inamovible. Así, los líderes que surjan serán recolectores del trabajo de muchos, no pastores de inculto ganado. Serán, en fin, los que darán vida a las ideas, aportando su personalidad y su capacidad de aglutinar en torno a sí a cada vez más mayorías. Entonces, si se pondrán a temblar los privilegiados del mundo, porque la primera andanada va a ser contra ellos, contra su forma de dirigir el mundo, profundamente inmoral y carente de toda ética, contra la injusticia hecha forma de vida, contra la destrucción sistemática del planeta en su propio beneficio. Ya se están levantando los cimientos, pero el trabajo aún se presenta arduo.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

TERCERA PARTE

Actualmente, el poder es un concepto etéreo, difícilmente definible, en el que resulta mortalmente complicado saber quién lo ostenta en realidad. Por concepto, según la definición de democracia, el poder está en manos del pueblo, es decir, de todos, delegado por votación en el partido mayoritario, que lo ejerce siguiendo el mandato popular. Siendo la teoría así de explícita, poco hay que añadir. Pero sucede, y no hay que ser un lince para darse cuenta, que la teoría, tan bien pergeñada, perfecta para un planteamiento ético de la política, se parece bien poco a lo que realmente ocurre, hasta el punto que el todopoderoso pueblo (del que emanan todos los poderes, según se refleja en la Constitución) se halla a merced de los que realmente rigen nuestro destino para su beneficio. La política no existe como tal, se limitan a gestionar los presupuestos públicos (de forma absolutamente nefasta, por cierto), haciéndonos creer que el mayor éxito de un gobierno, de cualquier gobierno, consiste en rebajar dos puntos el déficit público. Se necesitan buenos gestores y no buenos políticos, de eso se trata. Tal vez por eso, un gobierno, ni es el verdadero poder ni puede aspirar a serlo. Tengo para mí que la naturaleza de lo que he dado en llamar “verdadero poder”, es también de carácter económico, pero mana por cauces muy diferentes a la mera gestión de una crisis. En esos ambientes, donde las rentas alcanzan un nivel escandaloso, apenas se dan cuenta de las crisis. Ellos tienen su calidad de vida, sus empresas repartidas por todo el mundo, conducen sus yates justo después de haber vendido una partida de misiles a un país del Tercer Mundo. Son presidentes de bancos, especuladores, poseen grandes imperios empresariales, cadenas de comunicación, organizan guerras por el petróleo y escriben la historia oculta de cada país, esa que no conoceremos hasta pasados cien años. Y eso no va a cambiar, no quieren que cambie.
El verdadero poder económico, el que no se elige en unas elecciones, el que en realidad nos gobierna, aunque no quita ni pone gobiernos, se adentra en los vericuetos de la ley, aprovechándose de su privilegiada situación, queriendo todavía, para público asombro, más parte en el pastel, cuanto más, mejor, no importan las consecuencias. Quieren la globalización de la economía y, sin duda alguna, ya la tienen desde hace tiempo. Y si la justicia no importa, qué puedo decirles de la ética. Eso es un asunto para románticos idealistas. Si hay que talar toda una selva, se tala; Si hay que apoyar a un personaje sin escrúpulos en su ascenso al poder, se apoya; si hay que tirar alimentos al mar para que suba el precio de ese producto mientras mil millones de personas mueren de hambre, no cabe duda de que se hará. Atan a las personas, a los países, a base de créditos que generan deudas colosales, pero siempre encuentran algo nuevo que vender, algo completamente necesario, por supuesto, un nuevo paso en la ciencia y la tecnología.
Este nebuloso poder está, evidentemente, por encima de cualquier otro poder, traspasa fronteras y no entiende de ideologías. El dinero es la única meta, es la vara de mando que acalla conciencias a base de confusión, y ellos lo tienen a manos llenas. Lejos de ese mundo hecho a su medida, a una gran distancia por debajo, casi a nivel de lo anecdótico, está el poder ese que emana de la decisión popular, el que se vota. Ahora tenemos un gobierno que más bien parece una gestoría, que se dedica a recortar todo lo recortable en el que bien se sabe quién va a llevar siempre la peor parte, mientras ellos siguen acumulando privilegios, a los que a veces se llegan a creer que son derechos propios de su clase. Da igual ser senador, parlamentario, director general, portavoz o simple concejal de un ayuntamiento de medio pelo. Lo que importa es el beneficio, las prebendas propias del cargo.
Contra esas dos clases de poder, uno democrático, legal, y el otro, digamos, por encima de toda Ley, debemos alzarnos, demostrar que hay otras formas de organizarse y de administrarse, mucho más justas, ateniéndose a la premisa que el poder emana del pueblo, cosa que ya costó mucho conseguir, incluso a nivel teórico. Porque andando en esta dirección, está más que demostrado, vamos directos a la destrucción del planeta, aunque lo peor no es, siendo grave, que nos estén buscando la muerte, es que, además, nos están estropeando la vida. Ya empiezan a surgir nuevas conciencias criticadas hasta la saciedad por los que aún creen que siguiendo así vamos a mejorar nuestras vidas ni siquiera un ápice. Pero esas conciencias tienen que hablar a los jóvenes, a los que ya no tienen nada que perder y sí mucha vida que vivir, a los que quedarán aquí cuando los socialmente adaptados ya no estemos. Cabe pensar qué mundo les vamos a dejar. Pero eso ya es tema para otro capítulo.

martes, 6 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE

Las revoluciones se han dado en todas las épocas, a lo largo de todo el mundo y con algunas características parecidas. Cada una tuvo sus particularidades, según el momento y el lugar. Mucho se podría decir de cada una de las características de cada revolución y no son pocas las cosas que se podrían aprender al llevar a cabo los pertinentes análisis, pero esta vez se trata de hacer algo nuevo, tanto en los medios como en los fines que se persiguen.
Lo primero que tiene que cambiar es la mentalidad del ser humano. Ésta debe ser una revolución desde el interior, no tanto pensada como sentida, hecha desde el corazón y no desde la cabeza. Y no ha de ser violenta, pero sí firme en sus principios y en la lucha. Porque es evidente que tendrá que haber lucha, pero nosotros elegiremos el campo de batalla. En todo caso, aún falta mucho para llegar a ese extremo. Primero, como digo, es necesario remover las esencias humanas, cambiar nuestras escalas de valores y descubrir qué es realmente importante para que cada ser humano pueda tener una vida digna y qué entendemos por tal. Es un largo camino, que empieza dentro de cada uno, un camino que ya muchos han comenzado a transitar y será de ellos de los que dependa que otra gente pueda seguir su ejemplo.
No se trata de profesar una determinada doctrina o credo religioso ni de unificar pensamientos, ajustándolos a las creencias de otros. Cada persona es distinta y, por lo tanto, debe tener su propio aprendizaje en su particular viaje a Itaca. Una de las maneras que tiene el poder para atraparnos en su juego es mantener nuestra atención fija en el exterior. Les conviene tenernos pendientes del trabajo, de la televisión, de las competiciones deportivas, de las nuevas tecnologías, de las noticias, lo importante es tenernos permanentemente ocupados para evitar que nos adentremos en el peligroso camino interior, la espiritualidad, el conocimiento de uno mismo, la sabiduría. Pensar es ya una forma de sublevarse y eso asusta (hasta cierto punto, porque la sartén la siguen teniendo por el mango) al poder.
Como digo, no creo que haya una única forma de empezar a conocerse y descubrir el inmenso potencial que tenemos, las cosas que podemos llegar a conseguir, a ser, la cantidad de libertad y felicidad que tenemos a nuestro alcance. El punto de partida puede ser cualquiera, siempre que se mantenga alejado de las manipulaciones del poder. La naturaleza puede ser un buen comienzo, la religión también lo es, al menos en la parte de la búsqueda de Dios, se llame como se llame, y no tanto en la vertiente dogmática, manipuladora, oficialista, aliada a veces con el poder, incluso con la más vergonzante dictadura militar. También lo puede ser el arte, el yoga, la ayuda humanitaria, el misticismo sufí, cultivar la tierra, un viaje a la India menos conocida o la vida de ermitaño. En la búsqueda de ese algo, llámese Dios o como quiera que sea, según cada uno, llegaremos a las antípodas del poder. Seremos libres, felices, buenas personas, y cada vez nos resultará más extraña y molesta la persistencia de ciertos esquemas socio- económicos y de las trampas que tiende el poder, ahora más evidentes que nunca. Entonces es cuando llega la verdadera indignación, desde un entorno fuertemente anti-político que busca otra forma de entendimiento, con la firme convicción de que nada es eterno, y menos un sistema que es, en esencia, injusto. Y tras esto, una retahíla de preguntas, a cual más peligrosa. ¿Qué es y para qué sirve un país? ¿Y un ejército? ¿Quién mejor que yo mismo me va a representar? ¿Por qué unos nadan en la abundancia de la manera más impúdica y otros mueren de hambre?
Y ese es el momento en el que ha de pasarse de la serena contemplación de nosotros mismos a, tras echar una mirada al exterior desde ese punto de vista, la acción más devastadora, metafóricamente hablando. Pero eso ya parece tema para un tercer capítulo, más interesante, si cabe.

jueves, 1 de diciembre de 2011

PRIMERA PARTE

Estamos comenzando un siglo que se presenta, según todos los indicios, bastante convulso, en el que veremos cosas que ni siquiera imaginábamos y, por tanto, no conviene dar nada por sentado e inmutable. En lo económico, en lo político, en lo social, las ideas que hasta ahora han dado forma a un determinado modo de vida, se van viniendo abajo, mostrando su ineptitud para los tiempos venideros. Nos han hecho creer (y son millones los que aún lo creen) que vivimos en el mejor de los mundo posibles y que plantearse otra alternativa, otra manera de organizar el mundo es cosa de comunistas, locos, saboteadores, irresponsables, soñadores, resentidos y, en fin, toda clase de seres peligrosos y anti- sociales. Ese es el retrato de los que han decidido no seguir jugando con estas reglas.
De vez en cuando se alza alguna que otra voz más reconocida en el mundo de los biempensantes seguidores del sistema establecido: profesores universitarios, premios nobel, filósofos. Sus palabras que hacen dudar al que las escucha o las lee, pero tampoco es necesario prestarles mucha atención. Ellos no son el poder, no deciden nada y su opinión, como todas las opiniones, es relativa, cargada de subjetividad, como se supone que tiene el que ya ha tomado partido. Vale más seguir como hasta ahora. Aquí estamos bien, tenemos de todo y no hay nada por lo que luchar. Incluso tenemos elecciones, somos quienes decidimos nuestro destino. Puede que sea así, no nos vamos a engañar, y, en ese caso, es muy triste llegar a pensar que sea cierto. ¿Esto es realmente lo que queremos para nosotros? Nuestra mente no va más allá. Quizá sea amor a la seguridad que da vivir en un país desarrollado, tal vez sea miedo a sacar los pies del tiesto, nosotros, con un sueldo fijo y una hipoteca por pagar, probablemente con hijos y con un montón de obligaciones. No es la situación más oportuna para liarse la manta a la cabeza y echarse al monte o asaltar el palacio de invierno. Vivimos en una sociedad acomodada, con un estrecho horizonte construido y sostenido por gente importante y poderosa, una sociedad atrapada por los invisibles tentáculos de la sociedad de consumo, dependiente de las ventajas- trampa que nos prepara el poder económico y con unas ideas que no van más allá de nuestras narices, en el mejor de los casos. Eso sí, votamos cada cuatro años, con el gesto muy serio, conscientes de la importancia que tiene nuestro voto para enderezar el rumbo de nuestra nación. Eso es una democracia, sí señor.
En realidad, aquí lo que sobran son protestas y la falta de ganas por arrimar el hombro, esto lo he oído decir infinidad de veces. En todo caso, hay demasiados parados con tiempo para pensar en las razones de sus adversas circunstancias, y siempre se llega a la misma conclusión. En todas partes, gente que tiene las ideas muy claras, ha empezado a plantear sus necesidades, a expresar su indignación a viva voz, sembrando el desconcierto entre los que piensan que todo está bien.
Aún está todo bajo control, pero me temo que lo que está sucediendo en las calles sólo es una semilla. Poco a poco, a los que ostentan el poder les va a costar más convencernos de lo importante que resulta mantener el actual estado de las cosas por miedo al caos, porque, en el fondo, lo que se hace es perpetuar la injusticia, amparados en nuestro voto, en nuestra hipoteca. Ellos les sirven para justificar sus descarados robos, su forma de enriquecerse a costa de los demás, sus privilegios, sus atentados contra el planeta y, por tanto, contra la vida .Cada vez serán más los que ocupen la calle, exigiendo. Esto se llama revolución y, créanme, una revolución no es un asunto nada democrático. El pueblo toma las calles y acaba tomando el poder. Revoluciones ha habido muchas y de muy diferente cariz. Algunas incluso han sido beneficiosas y profundamente justas y además han supuesto un avance para la humanidad. Me refiero a las revoluciones del pensamiento, las que acabaron con siglos de tiranía y desfachatez impuesta por la fuerza de las armas. Pero cada vez menos surgen energúmenos ebrios de poder, capaces de imponer sus caprichos a toda una nación. Ahora somos más sutiles, todo es absolutamente legal y avalado por un montón de votos. Ni la justicia ni las urnas, podrían avalar toda una señora revolución que, por definición y por principio, es subversiva y altamente sediciosa.
Pero las revoluciones no se preocupan por mayorías silenciosas ni por sentencias, se dan contra toda justificación de los instrumentos de poder y (según la extendida “versión oficial”) contra toda lógica. Se dan, desde otro punto de vista, cuando es necesario que cambie el pensamiento de una época, a pesar de los pesares, a veces de forma violenta, a veces de forma violenta, según la época. Algunas de ellas dejaron un beneficioso cambio en la concepción del Estado, avanzamos desde las monarquías absolutas al sufragio universal, desde los derechos divinos a la separación de poderes. Todo surgió de una revolución: primero evolucionan las ideas y, más adelante, todo queda rubricado por hechos, a veces truculentos. Como dijo Ortega y Gasset, “las revoluciones se hacen revolucionariamente”. Pero la nueva revolución que está llegando ha de partir de otras premisas, es un cambio tan radical el que se avecina que sólo puede surgir de una previa revolución interior. Cambia el ser humano y, por lo tanto, cambia el mundo. Pero de eso ya hablaremos en el próximo capítulo.

jueves, 24 de noviembre de 2011

10 ESTRATEGIAS DE MANIPULACIÓN (NOAM CHOMSKY)

1. La estrategia de la distracción
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales.
2. Crear problemas y después ofrecer soluciones
Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
3. La estrategia de la gradualidad
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.
4. La estrategia de diferir
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.
5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad
La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad.
6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido crítico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…
7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad
Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores"
8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad
Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…
9. Reforzar la autoculpabilidad
Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!
10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen
En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídas y utilizados por las élites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

martes, 22 de noviembre de 2011

ME ABSTENGO



Hace tiempo que tomé la determinación, escasamente comprendida o compartida por la gente que me rodea, de ejercer mi derecho a la abstención en todas y cada una de las elecciones que se han convocado en los últimos años. No es, dicen, una actitud excesivamente popular y democrática la de quedarse en casa cuando el país en conjunto debe opinar, quitar y poner gobiernos o decidir sobre asuntos transcendentes. Por tal razón, lo sé, soy criticado y tenido por un ser anti- social, cargando sobre mis hombros la responsabilidad de que gane (o pierda) tal o cual formación política, como si todo dependiera de mi voto. Ciertamente, no me considero tan importante para aceptar tamaña responsabilidad,  pero sí considero oportuno dar razones para mantener tal actitud.
He llegado a la conclusión, tras pensarlo mucho, que la determinación de no votar responde más a un sentimiento que a una ideología. Simplemente, por encima de cualquier otra consideración relativa a la utilidad de los votos, no me siento representado por ninguno de los partidos que pretenden (y consiguen, con o sin mi voto) representarnos en el Parlamento y, por lo tanto, permanezco en casa, esperando la creación de un partido cuyas ideas coincidan con las mías, y debo reconocer que, para que eso ocurra, mucho debe cambiar la mentalidad del país y, si me apuran, del mundo. Mientras, me sigo asombrando ante los retóricos de talante demagógico que afirman que el voto no ejercido beneficia al partido mayoritario, que es mejor votar en blanco o votar a cualquiera, con tal de ejercer el sagrado derecho, al que no se puede renunciar. Creo, sin embargo, en el voto en conciencia, y es esa misma conciencia la que me impide ir a votar.
Pero este sentimiento no sólo me retiene a la hora de lanzarme hacia las urnas como reacción primaria, para ejercer mi derecho de ciudadano. Si lo pienso más, el sentimiento se extiende hasta la vergüenza. En efecto, me avergüenza que yo, de vocación más bien izquierdista, jacobina incluso, tenga que tragar y ofrecer mi voto a quien realmente no lo merece por su nefasta labor al frente del gobierno, o tenga que regalar mi voto a gente en la que no creo, para frenar el ascenso al poder de otros, que prometen ser tan nefastos como los anteriores. Prefiero quedarme en la seguridad de que mi voto no irá a parar a ninguno de los candidatos, perpetuando el fraude, que no servirá de excusa para que unos y otros sigan justificándose, amparados en la legitimidad que les otorga el hecho mismo de la votación.
En definitiva, creo que votar es una forma de pasar por el aro, de aceptar una serie de cosas con las que no estoy dispuesto a comulgar, empezando por el sistema económico imperante: el nefasto liberalismo económico, la globalización de la economía, el injusto reparto de las riquezas, el destrozo sistemático del planeta y tantas otras cosas derivadas de la condescendencia con el capitalismo. El poder no sale de las urnas, el poder sale del dinero y es él quien dirige el destino de mi país y del mundo entero. Hasta que eso no cambie (y es sólo el principio), mi voto no puede ser más que una carta de libertad para la injusticia.